Ecología y ciencia ficción/Ecology and science fiction

Estas reflexiones son parte de la introducción al nuevo numero de MAMUT que podéis encontrar aquí.

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La ciencia ficción ha estado siempre, en cierta medida, vinculada a drásticos cambios en la relación del ser humano con su entorno, sobre todo en lo que concierne a la manipulación, transformación y control de las distintas facetas de la naturaleza. A partir de los años sesenta, el género toma un claro y preponderante giro hacia las problemáticas medioambientales, abandonando tanto el optimismo positivista y el fetichismo tecnológico de la narrativa de anticipación, como la confiada e imparable expansión (léase colonización, explotación) del universo de la llamada Golden Age.

La brusca resaca que siguió a la borrachera consumista de los años cincuenta/sesenta, en el lado occidental del “telón de acero”, reveló las fallas del sistema capitalista y desató varias y heterogéneas corrientes críticas que apostaban por un replanteamiento del modelo económico-social dominante. Particular importancia, sobre todo a caballo entre los años sesenta y setenta, tomaron los discursos sobre ecología y medioambiente, mientras surgían organizaciones como el Club de Roma, fundado en 1968, que alertaban sobre los peligros del agotamiento de recursos naturales, la contaminación, la sobrepoblación y, más en general, sobre todas las acciones y prácticas humanas que influían negativamente sobre el planeta. Son de estos años ensayos como Silent Spring (1962) de Rachel Carson, Population Bomb (1968) de Paul Ehrlich, Il medioevo prossimo venturo. (1971) de Roberto Vacca, Limits to Growth (1972) encargado al MIT por el Club de Roma y Exploring New Ethics For Survival (1972) de Garrett Hardin. El 1972 fue también el año en que el intelectual francés André Gorz habló por primera vez de “décroissance” (decrecimiento), poniendo las bases para el desarrollo de los varios acercamientos teóricos que defienden este modelo económico-social.

La ciencia ficción absorbió, reprodujo y en varios casos anticipó estas inquietudes y desasosiegos, proyectándolas en las tramas de sus relatos e insertándolas en los cuatro matices ideológicos que, según Samuel Delany, tiñen dialécticamente todo el género. Por un lado “La Nueva Jerusalén” —la sociedad utópica, perfecta, impoluta y tecnológicamente avanzada— y su reverso “El mundo Feliz” —la sociedad distópica, gris y totalitaria. Por otro lado, la “Arcadia” —una naturaleza idílica y ordenada, el locus amoenus por excelencia— y su reverso, “La tierra de las moscas” —una naturaleza hostil, baldía, germen de enfermedades y miseria. Como en el símbolo del Tao, cada extremo contiene la semilla del otro; el apocalipsis alberga la posibilidad de una génesis, un nuevo inicio; la ciudad utópica incorpora los riesgos de alienación y control despótico. Utopía y distopía forman encrucijadas e interrelaciones entre lo urbano y lo natural configurando tanto posibilidades especulativas como maneras (ideológicas, sensibles) de mirar a la realidad. Y la mirada de la producción narrativa, a caballo entre los años sesenta y setenta, está sin duda teñida con tonos oscuros y pesimistas, añadiendo al miedo atómico y a las tensiones de la guerra fría, una creciente preocupación sobre el futuro del planeta y de la humanidad.

Sin embargo, las advertencias y admoniciones contenidas en estas obras fueron largamente desatendidas a partir de los años ochenta, cuando se impusieron las líneas socio-económicas de Reagan-Thatcher y del Consenso de Washington: privatización salvaje, economía financiera sin restricciones, cultura hedonista, híper consumismo y ultra capitalismo. Después de la caída del muro de Berlín, también los países del ex bloque soviético se añadieron, con mayor o menor éxito, a la fiesta capitalista. E incluso países que se definen comunistas, como la China actual, no solo participan, sino que se han convertido en piezas clave de la estructura neoliberal.

Hoy en día, las consecuencias de tales políticas y de tales sistemas socio-económicos son palpables a todos los niveles, máxime el medioambiental. Tanto, que el término Antropoceno es aceptado comúnmente como definitorio de nuestra era. El cambio climático ya no es especulación sino proceso tangible y sus efectos son palpables, no solo en sus manifestaciones más evidentes, como los cada vez más frecuentes desastres medioambientales, sino en todas las esferas de la vida: la economía, los flujos migratorios, los conflictos y tensiones sociales, las luchas por los recursos, etc.

En concomitancia, el rapidísimo desarrollo de disciplinas científicas y aplicaciones tecnológicas —como biotecnología y nanotecnología, inteligencia artificial, producción y transmisión instantánea y ubicua de la información, virtualización de la existencia, robotización del trabajo—, piden una inmediata redefinición de lo que significa SER humano hoy, al mismo tiempo que cambian las coordenadas de nuestra posición en el mundo. Kim Stanley Robinson había declarado en 2009 que el mundo era ya una novela de ciencia ficción, un concepto retomado y desarrollado en el libro de ensayos Green Planets: Ecology and Science Fiction (Wesleyan, 2014) co-editado con Gerry Canavan.

Los cuatro extremos descritos por Delany se acercan a cada instante y se hacen más urgentes. La ciencia ficción ya no cuenta historias de futuro sino de un casi paradójico “presente próximo”. Es más, las fronteras entre narración ficcional y discurso, en la llamada realidad, se han hecho porosas y los productos de una a menudo traspasan en la otra creando mezclas interesantes.

Donna Haraway en Staying with the Trouble: Making Kin in the Chthulucene (Duke University, 2016) defiende estas mezclas como arsenal de recursos para reconfigurar nuestras existencias en el ahora. Afirma que ya no es el momento de imaginar futuros apocalípticos o anhelar pasados idílicos, sino de permanecer en el presente para re-imaginarnos y re-codificar el Atropoceno o Capitaloceno en la era que la académica denomina Chthuluceno; una era que nos urge a “permanecer con el problema” (staying with the trouble) y a buscar soluciones que otorgan las diferentes acepciones de SF: “science fiction, speculative fabulation, string figures, speculative feminism, science fact, so far”.

La filósofa Rosi Braidotti se mueve en la misma línea proponiendo in The Posthuman (Polity Press, Cambridge, 2013) la teoría critica del posthumano como procedimiento metodológico para abandonar el concepto de hombre humanista (eurocéntrico, antropocéntrico, machista) y desplazarnos hacia una nueva subjetividad que tenga en cuenta las diferentes conexiones e interrelaciones entre “múltiples otros” y extienda las relaciones con otras especies y con otras posibilidades científico-tecnológicas, unas posibilidades que la narrativa de ciencia ficción ha explorado y continua explorando abundantemente.

Dadas estas premisas, no podemos no considerar la ciencia ficción de hoy como el género más directamente comprometido con los desafíos, las problemáticas, pero también las oportunidades del mundo contemporáneo, que entiende el medioambiente, la sociedad, la cultura, la economía y la política como piezas de una estructura interdependiente, que es capaz de analizarlas críticamente y de proponer alternativas aunque sea dentro de un marco estético. En este sentido, la ciencia ficción configuraría una especie de ultrarrealismo, en cuanto género que, como defienden K.S. Robinson y G. Canavan, se asemeja más al mundo, tal y como lo experimentamos hoy en día, que cualquier otro “realismo histórico” y que está, por fin, a mil años luz de los guetos y de la mera afición anticuaria donde ha permanecido durante demasiado tiempo.


Ecology and science fiction

To some extent, science fiction has always been linked to drastic changes in the relationship of human beings with their environment, especially with regards to the handling, processing and control of the various facets of nature. During the sixties, the genre took a clear and dominant turn towards environmental problems, abandoning the optimism of positivism and the technology fetishism of anticipation fiction, as well as the confident and unstoppable expansion (read “colonization”, “exploitation”) of the universe, in the fiction of the so called Golden Age.

The rough hangover which followed the binge of consumerism of the fifties/sixties, on the western side of the iron curtain, revealed the failures of the capitalist system and unleashed several and heterogeneous critical currents that were calling for a rethinking of the socio-economic dominant model. Between the end of the sixties and the beginning of the seventies, there arose various discourses about ecology and the environment, while organizations such as the Club of Rome, founded in 1968, drew attention on the dangers of the depletion of natural resources, pollution, overpopulation, and, more in general, on all actions and human practices that affected negatively on the planet. Many books and essays on these issues were published in these years among which it might be worth mentioning: Silent Spring (1962) by Rachel Carson, The population bomb (1968) by Paul Ehrlich, The Coming Dark Age (1971) by Roberto Vacca, The limits of growth (1972) commissioned to MIT by the Club of Rome and Exploring new ethics for survival (1972) by Garrett Hardin. Nineteen seventy-two was also the year in which French intellectual André Gorz mentioned for the first time the term “décroissance” (degrowth) laying the groundwork for the development of the various theoretical approaches that defend this socio-economical alternative to capitalism.

Science fiction absorbed, reproduced, and in several cases anticipated these concerns and anxieties, projecting them in the plots of their stories and inserting them in the four ideological extremes which, according to Samuel Delany, dialectically tinged the whole genre[1]. On the one hand, “The New Jerusalem” —the utopian society, perfect, pristine and technologically advanced— and its reverse “The Brave New World” —the dystopian, gray and totalitarian society. On the other hand, the “Arcadia” —an idyllic and orderly nature, the locus amoenus par excellence— and its reverse, “The land of the flies” —a hostile wasteland, source of disease and misery. As in the symbol of Tao, every extreme contains the seed of the other; the apocalypse harbors the possibility of a genesis, a new beginning; the utopian city encloses the risks of alienation and despotic control. Utopia and dystopia form intersections and interrelationships between urban and natural, setting both speculative possibilities and means (ideological, sensitive) of looking at reality. The gaze of speculative fiction, between the sixties and the seventies, is without a doubt tinged with shades of dark and gloomy. It added to the fear of the atomic bomb and the tensions of the cold war, a growing concern about the future of the both the planet and humanity.

However, the warnings and admonitions contained in these works were largely neglected in the following decade, when the Reagan-Thatcher politics and the socio-economic policies set by the Washington Consensus were implemented: wild privatization, financial economy without restrictions, hedonistic culture, hyper-consumerism and ultra-capitalism. After the fall of the Berlin wall, the countries of the former soviet bloc also joined, more or less successfully, the capitalist feast. And even countries that are defined as communist, such as today’s China, is not only involved, but have become a key piece of the neoliberalist structure.

Today, the consequences of such policies and practices are palpable at all levels, especially the environmental. So much so, that the term Anthropocene is now commonly accepted as defining of our era. Climate change is no longer speculation but tangible process. Its effects are palpable, not only in its more evident manifestations, such as the increasingly frequent environmental disasters, but in all spheres of life: economy, migration flows, conflicts, social tensions, struggles for resources, and so on and so forth.

At the same time, the very rapid development of scientific disciplines and technological applications —such as biotechnology and nanotechnology, artificial intelligence, production and transmission of instant and ubiquitous information, virtualization of existence, robotization of work—, are calling for an immediate redefinition of what it means to BE human today, at the same time that they change the coordinates of our position in the world. As Kim Stanley Robinson declared in 2009, the world is already a science fiction novel, a concept he took up again and developed in the book of essays, Green Planets: Ecology and Science Fiction (Wesleyan, 2014) co-edited with Gerry Canavan.

The four extremes described by Delany are moving closer and closer together, while at the same time they feel more urgent than ever. Science fiction no longer tells stories of the future but of an almost paradoxical “forthcoming present”. Moreover, the borders between narrative fiction and discourse, in the so-called reality, have been made porous as the products of one frequently cross into the other, creating interesting mixtures.

Donna Haraway in Staying with the trouble: making kin in the Chthulucene (Duke University, 2016) defends these mixtures as an arsenal of resources to reconfigure our lives in the now. She asserts that now is not the time to imagine apocalyptic futures or craving for idyllic pasts, but to stay in the present to re-imagine and re-encode the Atropocene or Capitalocene into another era which Haraway calls Chthulucene, an era that urges us to “stay with the trouble” and look for solutions through the different meanings and nuances of SF: “science fiction, speculative fabulation, string figures, speculative feminism, science fact, so far”…and so forth.

The philosopher Rosi Braidotti moves along the same lines by proposing in The Posthuman (Polity Press, Cambridge, 2013) a theory and critique as a methodology which will allow us to abandon the concept of humanist man —and its Eurocentric, anthropocentric and sexist hues—, in order to move towards a new subjectivity that takes into account the various connections and interrelationships between “multiple others”, while extending our relationships with both other species and with other of scientific-technical possibilities, most of which have been and continue to be abundantly explored by science fiction.

Given these premises, we cannot avoid considering the science fiction of today as the genre most directly involved with the challenges, the problems, but also the opportunities of the contemporary world; a genre which understands environment, society, culture, economy and politics as parts of an interdependent structure and that it is able to analyze them critically and propose alternatives even if only within an aesthetic framework. In this sense, science fiction would conform a sort of ultrarrealism, a narrative which, as advocated by K. S. Robinson and G. Canavan, resembles more the world, as we experience it today, than any other “historical realism” and that is hopefully moving thousands of light years away from the ghettos and the mere archaeological pastime of antiquarians in which has lingered for too long.

 

[1] Samuel Delany, The jewel-hinged Jaw, Wesleyan University Press, 2009, p.25.

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